domingo, 1 de enero de 2012

Soy de Madero... Villa Madero

Paris Texas de Wim Wenders

La película Paris, Texas desde su título nos invita a pensar en ese juego de opuestos. Esa tensión entre el polvo, el aislamiento, lo olvidado de Texas y, por otro lado, París como cumbre de lo civilizado, de lo “mundano”. Sin embargo, ese París del que nos habla la película es un pueblito dentro del mismo estado texano. Es la idea del no lugar, que el protagonista, Travis, evoca constantemente como el sitio de un pasado mejor, idílico al cual ya no podrá volver. Al fin de cuentas, su París pertenece a Texas, pertenece a la soledad del desierto que se impone sobre la civilización. Tal es así que Travis recuerda un par de veces el chiste que hacía su padre: “Soy de París… de París, Texas”.



Paris Texas es una road movie que nos muestra el viaje que sigue Travis para recomponer su pasado. Nuestro héroe, amnésico, comienza vagando por algún lugar de la frontera mexicana acompañado por la guitarra melancólica del genio de Ry Cooder que, con sólo un par de acordes, nos transporta a un mundo de desolación.
En un primer momento es un viaje sin orientación, sin norte. Travis camina perdido por el desierto, luego se escapa de la protección de su hermano para caminar por las rutas que se prolongan interminables al horizonte o por las vías del tren que siguen el mismo camino. Poco a poco, Travis tomará las riendas de su destino a medida que vaya recuperando su conciencia (en un momento le pide a su hermano si puede manejar el auto), hasta que, finalmente, al ganarse la confianza de su hijo, se embarque en un viaje de vuelta para recomponer su pasado buscando a la madre de Hunter.
Wenders nos tiene acostumbrados a este tipo de películas de héroes crepusculares que buscan la reconciliación de su propio mundo (como los ángeles en “Las Alas del Deseo”, una metáfora de la Berlin separada por el muro) o personajes olvidados que vuelven a reconstruir su identidad como en el documenta: “Buena Vista Social Club”.
Hay que tener presente en la película, la constante alusión de Wenders a la importancia del viaje interno. A la toma de decisiones, a la idea de encrucijada. En la mitad del film podemos verlo a nuestro héroe cruzando un puente extenso sobre una autopista (como rito de pasaje), miles de autos circulan raudos por debajo de él, de fondo se escuchan los gritos de un predicador loco, Travis se detiene, lo observa. En la escena siguiente le comenta a su hermano que debe llevarse a su hijo de vuelta a Texas. También basta con prestar atención a la cantidad de cruces de autopistas por los que pasan los personajes, como mil destinos que se cruzan en ese nudo de cemento, los semáforos que pasan en señal amarilla. A su vez, hay otra escena, donde Travis se desvía del camino recto (hace una maniobra brusca con la camioneta) y en el plano siguiente, lo vemos en una cantina, volviendo a su viejo hábito de la bebida. Más adelante, en otra escena, Travis se detiene ante un cruce y es su hijo quien le indica hacia donde ir. En definitiva, el viaje de Travis es zigzagueante, como su memoria.  Poco a poco se le irá develando cual será su verdadero destino y su misión final.



La apuesta de Wim Wenders es la de significar a partir del color. Sólo hay que prestar atención a la extensa paleta de colores usada en los paisajes texanos o, más importante aún, a los cambios repentinos en el color de la imagen. Los cambios son bruscos, de un plano a otro. Si en un primer momento el sepia lo invadía todo, luego lo va a hacer el rojo y más tarde el verde. Cada color va a reflejar un estado de ánimo, una idea, un concepto: de esperanza, de resignación, de búsqueda interna.
Travis siempre va a tener a mano algo de color rojo. En un principio lo vemos con un gorro rojo lleno de polvo, luego se viste con una camisa del mismo color. Travis y el color rojo dan la idea del héroe romántico, del regreso del infierno. Despojado de su pasado, olvidado del mundo, movido por pasiones, por el impulso, por acciones inciertas sin ningún sentido. Es un personaje con un marcado extrañamiento hacia las comodidades burguesas y los avances de la modernidad (recordemos su negación a viajar en el avión o los planos que se cierran con aviones aterrizando o los trenes pasando por detrás). Cuando tiene que elegir un auto, se inclina por una ranchera destartalada del 59.
Su hijo, en cambio, encarna la idea de la racionalidad, la significación del mundo objetivo contemporáneo, que ha heredado de la crianza urbana que le han dado sus tíos. Lo vemos jugando con artefactos modernos, explicándole complejas teorías como las del Big Bang a su padre. Con el transcurrir de la película y, con la consiguiente aceptación por el padre, Hunter también se va a vestir de rojo. Finalmente, ambos personajes, terminan por complementarse para cumplir con la misión de encontrar a la madre de Hunter. Tal es así que, Travis, termina manipulando un “woki toki”, un artefacto que no pertenece a su mundo de no-humanidad del polvo texano (recordemos la foto de su parcela en Paris, Texas que es sólo tierra pero que sigue siendo su lugar en el mundo).
Estas ideas, a las que hacíamos mención en el párrafo anterior, están magistralmente desarrolladas por Ángel Faretta en su libro “Espíritu de Simetría”. Nos atrevemos a citar unas líneas: “Su itinerante Travis (NdR: por Wenders) es una suerte de reducción al absurdo, de esa pesadilla del aire acondicionado, desecho, síntoma puro del estado de las cosas, deambula por los desiertos y por las calles como una especie de fantasma nocturno, como una excrescencia de la sociedad del despilfarro. Travis pone en tensión las relaciones “normales” con la que la sociedad trata de “recuperarlo”. La misma actitud despegada (…) es la que prima en sus relaciones con el médico,  con su hermano y con su cuñada  hasta que un viejo film familiar filmado en Super 8 le muestra un pasado convencionalmente feliz. Allí, Travis busca a su hijo y va en busca de Jane, su ex mujer, a la que encuentra en un emporio del “sexo programado” tan mortuorio y tedioso como todo lo demás. Pero los ojos de Travis, los ojos del que se fue y volvió del infierno, bastan para comprender que la experiencia suprema de nuestra época es reconocer el infierno en la cotidianeidad consagrada de la abundancia”.



Wenders opta por un manejo de la cámara lenta, contemplativa, nunca hace movimientos bruscos. Hay un regocijo en planos largos y cuidados, acompañados por una fotografía y música que le dan más poder y sensibilidad a la imagen. Sin embargo, a diferencia de muchos herederos suyos que se deleitan en el cine independiente de bostezos o que en la Argentina producen el “Nuevo Cine Argentino”, la cámara siempre está al servicio de la narración y no a la contemplación como fin en si mismo.
Mención aparte merece la escena del encuentro entre Jane y Travis en la cabina del local de desnudos. En un principio Travis comienza dándole la espalda a su ex esposa, luego ambos se funden a través del vidrio (una imagen que es el cine) y, por último, Jane termina sentada de espaldas a Travis. Toda la secuencia aunque muy dialogada, es para el aplauso.



La película acaba con doble final: uno en color verde surrealista, esperanzador y otro con los colores rojos y anaranjados del amanecer, el escape de  la ciudad de Houston, la vuelta al mundo donde Travis pertenece, como el final del western “Más Corazón que Odio” con un John Wayne que se vuelve a fundir con el desierto, desde donde había emergido al principio de la película.



Wenders nos pasea por la América profunda. No siempre en tono contestatario. Nos intenta mostrar París en Texas, y lo irreconciliables que pueden llegar a ser esos dos destinos cruzados.