Introducción
Este
post está dedicado a dos películas que discurren por hilos narrativos
similares. Por un lado tenemos: Al Azar de Balthazar (1966) de Robert Bresson y
por el otro Caballo de Guerra (2011) de Steven Spielberg. Las dos películas, a
primera vista, presentan historias semejantes: el devenir de las vidas de un
burro y de un caballo. Ambas películas empiezan desde el nacimiento de los dos animales,
siguiendo su desarrollo vital y mostrando como van atravesando diferentes
situaciones que ponen al descubierto diferentes concepciones acerca de la
condición humana. Decimos que a primera vista son historias semejantes porque
sólo con profundizar un poco el análisis, observamos cómo cada una pone sobre
la mesa diferentes formas de entender la
condición humana y, al mismo tiempo, diferentes formas de entender el cine.
De más
está decir que la película de Robert Bresson es una obra maestra y un ejemplo
paradigmático de la forma de hacer cine del director francés, mientras que la
película de Spielberg (muy inferior desde
todo punto de vista) sólo es un rejunte de buenas intenciones. Sobre todo desde
el apartado técnico pero que pone en evidencia ciertos vicios de una puesta en escena demasiado “azucarada” que
el director estadounidense arrastra desde ET (1982). Tendencia “diabética” que
lamentablemente se ha extendido en el tiempo y que ha llegado a niveles desopilantes
en productos tan flojos como fue El Color Púrpura (1985).
El Negro Balthazar
Balthazar
es un burro que nace en la campiña francesa rodeado del cariño de sus dueños.
Rápidamente esta vida idílica dará un vuelco y comenzará a ser usado como
animal de carga. A lo largo de su vida, pasará por las manos de varios dueños
que lo expondrán a situaciones crueles:
azotes, hambre, quemaduras, sobre exigencias en el trabajo. Situaciones que
ponen de manifiesto la crueldad de las persoanasy una visión negativa de la
condición humana que tiende a “hacer el mal” sin ninguna razón que lo
justifique.
Antes
de avanzar en el análisis, recapitulemos un poco. Bresson se ha hecho famoso
por películas como Pickpocket (1957), Un Condenado a Muerte se ha Escapado (1956),
entre otras. En todas ellas, el director a través de su reconocido estilo
narrativo, nos muestra una cosmovisión particular de cómo él entiende el mundo.
Recordemos que Bresson era un cristiano janesista convencido. Los janesistas
sostienen que el estado de gracia del hombre se produce únicamente en el
momento original, en el nacimiento luego sus almas son corrompidas por la
maldad del mundo. La vida de los hombres está condenada a una especie de predestinación
de la cual no pueden escapar.
La
elección del burro no es casual. Justamente el burro no pierde ese estado de
gracia original (estado de gracia que le es dado en la primera escena de la
película cuando Balthazar es bautizado). Desde el comienzo ya sabemos que la
película es narrada desde el punto de vista del burro. Un punto de vista muy
original ya que el burro no peca, no tiene ningún conflicto interno, es un
punto de vista totalmente inocente, de absoluta neutralidad valorativa. Este
punto de vista permite, al mismo tiempo, dejar en evidencia la naturaleza
corrompida de las personas que aparecen en el camino de Balthazar.
Este
punto de vista deja la neutralidad sólo en un momento clave. Allí es donde la
subjetividad del burro aflora. Nos referimos cuando lo llevan a trabajar al
circo. Ahí la mirada de él se detiene en los demás animales (sus pares) que
están encerrados, sometidos a la crueldad de sus dueños. Ese momento es clave porque es el momento
donde Balthazar alcanza la autoconciencia, donde consigue entrar en su etapa
madura.
La
historia del burro se desarrolla en paralelo a la vida de su primera dueña, a
quien también la conocemos desde pequeña. En ella la predestinación también se
da como en Balthazar pero en sentido opuesto. El burro vive su vida libre de
pecados, como un Via Crucis lleno de torturas y abusos (las reminiscencias
cristianas son claras). En este sentido,
el final es esclarecedor: Balthazar huye de sus dueños contrabandistas para ir
a morir a la pradera, en medio de ese paisaje bucólico (una especie de Edén). Allí
es rodeado por un “rebaño” de ovejas que con sólo el tintineo de sus cencerros
nos dan la idea de una llamada angelical. El burro ya se ha ganada el cielo,
muere poéticamente: su vida de castigos le ha servido para ganarse una muerte
redentora. Porque de eso se trata el cine de Bresson: de la redención. Todos
sus personajes buscan la redención, el perdón de sus pecados.
Por
otro lado, en Marie la predestinación negativa a la que está condenada hace que
no pueda tomar ninguna decisión acertada y su vida lentamente se va
transformando en un pozo del cual no puede salir. A pesar de ser una buena
chica: es la que más se preocupa por Balthazar a lo largo de su vida
(recordemos la escena cuando le prepara un arreglo floral) no puede escaparle a
su trágico destino. Ni siquiera teniendo todo a su favor, como el amor de su
novio de la infancia. Bathazar tampoco puede escapar. Pero para Bresson,
Balthazar es un ejemplo de lo que el ser
humano debería ser, con valores positivos como: nobleza, predisposición,
sumisión, las personas se ganarían el cielo, de otra forma su redención no está
asegurada.
Más
allá de esta visión janesista, de lo sagrado que tiene Bresson, lo interesante
es ver como hace para plasmarlo en el celuloide. Ahí se puede contemplar su
cine personal e intransferible. Hay un leitmotiv en sus obras y es la búsqueda de
la no identificación del espectador con los personajes. Por el contrario busca
mantener una distancia con interpretaciones acartonadas, inexpresivas, casi
anti cinematográficas. La elección de la inexpresividad del burro está pensada en
ese sentido. Balthazar era un burro más, no estaba entrenado para actuar ante
las cámaras. No hay un intento de humanización del animal. A través de esta distancia
con los personajes y con una narración fragmentada, Bresson busca captar la
atención del espectador pero no el sentido emocional sino en el sentido
reflexivo.
La
puesta en escena también apunta en ese sentido: encuadres austeros y
despojados, el uso de los silencios y el sonido ambiente, los primeros planos
al rostro del burro, el gran uso del fuera del campo. Todo eso hace que la
información nos llegue de forma mínima, apenas sugerida, como un rompecabezas
que el espectador debe ir construyendo por ´si mismo. Así narran los maestros. Y Robert Bresson es
un maestro.
Cine a Pruebas de Diabéticos
Si en
Bresson todo es sutil y depurado en Spielberg es todo lo contrario. Hay una búsqueda
desesperada por la emoción artificial y forzada. Lo más triste es que ni
siquiera lo intenta con los recursos del melodrama clásico. Estamos seguros que
Spielberg los conoce pero parece que se ha olvidado de todo eso. Se ha convertido en
un buscador de la emoción de “trazo grueso”. Ha puesto todo su oficio y talento
al servicio de de una puesta en escena burda. Dejó de ser un artista para
convertirse en un pintor de brocha gorda.
Cuando
decimos puesta en escena burda, lo afirmamos porque todo está al servicio del lugar común: los planos,
la banda de sonido, el movimiento de la cámara, las interpretaciones, el “happy
ending”, todo se hace muy evidente. Nada esta sugerido.
Antes
de seguir descuartizando a “este viejo Spielberg” digamos algo de la película y
de sus diferencias con la de Bresson. Aquí también Joey (el caballo) nace en
medio de la campiña inglesa rodeada del amor y el cuidado de su dueño. Luego
los avatares de la vida hacen tenga que ir a servir a la I Guerra Mundial. En medio de la guerra irá cambiando de dueño y
a través de su aventura bélica conoceremos los horrores de las trincheras.
Antes afirmábamos
que Bresson tenía una visión negativa de la condición humana. En Spielberg, por
el contrario, siempre hay lugar para la esperanza, para esperar gestos heroicos
y de grandeza en medio del horror de la guerra. Joey será testigo de este tipo
de actitudes por parte de ambos bandos
(no será cuestión de quedar mal con nadie en plena crisis mundial), tanto del
británico-francés como del alemán. Una escena que lo ilustra perfectamente es
cuando un soldado ingles y otro alemán se reúnen en tierra de nadie para rescatar
a Joey de un alambrado en el que había quedado enganchado.
Por más reparo que tengamos de esta
idealización moralista en la que suele caer Spielberg lo importante es saber
como lo hace. En el cómo es donde Bresson le saca varias cabezas a Spielberg.
Una visión positiva de la vida no es criticable per se (basta con mirar Cantando Bajo la Lluvia), lo criticable son
los recursos que le director usa para mostrarnos esa visión personal del mundo.
En Bresson nos parecía un acierto el hecho de que, salvo en la escena del circo,
Balthazar nunca intenta ser humanizado. Por el contrario cuanto más inexpresivo,
más fuerza ganaba la idea de ese mundo desencantado que vemos a través de los
ojos del burro. El caballo de Spielberg es lo opuesto. Es un caballo
antropomorfo, se convierte en un actor
más, es el protagonista absoluto de la historia. En todo momento busca
complicidad con el espectador, trasmitir sus sentimientos en la pantalla.
Otra
diferencia notable es que Bresson nos acerca la sordidez del mundo a través de
escenas cotidianas de la vida rural en un pueblito de Francia, esos maltratos que sufre Balthazar nos plantean una
interpelación casi metafísica y muy profunda sobre la esencia de la condición humana.
Spielberg necesita llevar ese mensaje a un escenario mucho extremo como fue la
I Guerra Mundial. En ese escenario nos habla del factor humano cayendo en escenas almibaradas por demás y grandilocuentes,
de grandes mensajes pero de cáscara endeble.
¿Todo
es malo en Caballo de Guerra? Por supuesto que no. Spielberg conserva talento y
oficio. Pero lo desperdicia. De repente ese moralismo infantil que lo invadió a
principios de los ochenta hace que casi no queden rastros de ese excepcional
director capaz de filmar esa obra maestra como fue Tiburón (1975). Spielberg
sigue filmando como ninguno las secuencias de guerra. Es más el destacado apartado
técnico de la película sobre todo su fotografía, la hacen disfrutable. También
se pueden rescatar escenas donde el rey Midas de repente se acuerda de hacer
cine. En particular en los fragmentos donde se plantea el enfrentamiento de la
máquina, del desarrollo de la maquinaria para matar contra la naturaleza. Es
muy elogiable la secuencia de la persecución del tanque y el caballo o el de la
carga de caballería que es aniquilada por el fuego de las ametralladoras.
También Spielberg demuestra conocimiento cinéfilo, algo que es indispensable
para cualquier buen cineasta que se precie de tal. La influencia de Flemming,
Milestone, Ford o Lean son claras. Los
planos secuencias que recuerdan a Sin Novedad en el Frente (1930) están ejecutados
con una precisión asombrosa. Lamentablemente otras secuencias como ese
atardecer (de post producción) que emula a Lo que el Viento se Llevó (1939) nos
deja un gusto artificial en la boca que no nos gusta.
Conclusiones
Al Azar
de Balthazar es una película redonda. Una obra maestra donde Bresson pudo
plasmar toda su mano autoral y se nota. Por otro lado, Caballo de Guerra aborda
dos temáticas recurrentes en la filmografía de Spielberg la fábula infantil y
la crónica de guerra. En este caso el
resultado no es tan redondo, el oficio del director se diluye en buscar la emoción
del espectador con poca elegancia. Mensajes optimistas que no se sustentan en
un lenguaje cinematográfico depurado. Una lástima. Algunos extrañamos lo que
fue Bresson y lo que Spielberg supo ser.



























