Juventud, Divino Tesoro
A fines del siglo XIX el mainstream sobre el
fenómeno hoy denominado “inseguridad” lo encabezaba el médico Cesare Lombroso y
sus teorías de corte positivista, emparentadas con la corriente de criminología
biologicista. El italiano en cuestión sostenía que, la conducta criminal,
responde a características físicas y biológicas. En este sentido, se podría
detectar con facilidad a un delincuente
ya que su propia fisonomía lo delataba. Por ejemplo, se había acordado
que un caco en el año 1880 tenía un tipo de cráneo con características
particulares: tamaño, forma, capacidad, etc. Más de cien años después,
estas teorías parecen no haberse
jubilado aunque ya estén en edad para ir de vacaciones a Mar del Plata en
temporada baja. Todo lo contrario, siguen estando vigentes debido a que la
asociación de determinados rasgos fenotípicos (piel oscura, por citar un
ejemplo) con conductas delictivas sigue siendo moneda corriente, no sólo dentro
del acervo de sentido común, sino que, continúan haciendo mella en algunos
círculos académicos y hasta jurídicos.
Esta introducción nos sirve para pensar en las películas
que pretendemos analizar: “Tenemos que Hablar de Kevin”; “La Cinta Blanca” y
“¿Quién Puede Matar a un Niño?”. Las tres comparten un nexo común: niños que
por alguna razón son malos. Así como, aún hoy, algunos sectores de la sociedad
siguen asumiendo que la conducta delictiva viene inscripta en nuestro código
genético y que, en definitiva, el chorro es chorro por naturaleza, podríamos
preguntarnos lo mismo sobre la maldad: ¿Hay gente mala por naturaleza? ¿La
maldad depende de un código genético, de las propias experiencias subjetivas de
cada individuo o responde a causas sociales más profundas?
Por supuesto, nuestro objetivo en el párrafo anterior
no fue asociar delincuencia y maldad. Desde luego que la delincuencia no
responde a cuestiones genéticas, sino que, hay que pensarla con respecto a
procesos sociales, culturales y económicos muy complejos, a nivel estructural.
Un delincuente por el mismo hecho de ser delincuente no se transforma en
alguien malo (aunque esa sea el imaginario que nos imponen desde chicos). Sin
embargo, con la maldad el razonamiento es mucho más enigmático: desde que el
mundo es mundo ha existido gente mala con orígenes sociales, culturales y
económicos absolutamente heterogéneos, criados en ambientes familiares diversos
y con trayectorias personales también muy diferentes. Es decir, malos pueden
salir de cualquier lado, pero: ¿existe alguna regularidad en la maldad, alguna
característica que sea compartida? Las tres películas analizadas intentan
desmenuzar estos interrogantes y ofrecen miradas y respuestas diferentes entre
sí.
Consejos para Madres Primerizas
Tenemos que hablar de Kevin debería ser incluida
en la lista de anticonceptivos avalados por la OMS. Intentaremos justificar
esta afirmación.
A nivel superficial, el argumento de la película
no es complejo: una mujer, cuarentona, soltera, realizada en su vida personal y
profesional tiene un amor de verano que desemboca en un embarazo “no del todo”
deseado. A partir del nacimiento de Kevin, la vida de la protagonista (una
Tilda Swinton para el Oscar) comienza a caer en picada. Por medio de flashbacks
(que en un principio se aparecen inconexos y anárquicos) la película nos
reconstruye el pasado de la protagonista
y nos revela los acontecimientos trágicos que llevaron a su estado decadente en el
presente.
Si profundizamos el análisis entendemos que la
cinta se preocupa por explorar la maldad en Kevin. Lo hace a nivel individual (dejando de lado
condicionantes sociales), indagando en el núcleo familiar. Sobre todo, en el
vínculo que se establece entre la madre y el niño, intentando reconstruir las
experiencias más íntimas de esta relación y las consecuencias que éstas tuvieron
sobre la psiquis de Kevin. De manera tangencial la película abre varios
interrogantes: ¿Kevin es un psicópata por naturaleza? ¿Sus experiencias de vida
fueron las que derivaron en su personalidad psicótica? ¿Cuál es la
responsabilidad de una madre en la crianza de un hijo psicópata?
Las respuestas que brinda la película son
abiertas. En realidad, más que respuestas, son reflexiones que la directora,
Lynne Ramsay, nos ofrece a partir de un cuidado empleo del lenguaje
cinematográfico. Aclaremos la afirmación: el film comienza con unas cortinas
blancas flameando al viento. De golpe la cámara se inunda del rojo de la
tomatina, preanunciando una historia trágica. A su vez, la contraposición de
colores funciona revelando esa tensión, entre la aparente apacibilidad de la
vida de una típica familia de clase acomodada norteamericana y el germen de
maldad que se está engendrando dentro de ella. El rojo continuará como mensaje
de alerta a lo largo de toda la película: la pintura en la casa, la pelota, el
kétchup. La directora, a medida que avanza la cinta, nos hace adentrarnos en la
mente traumada de Eva (quien asume la culpabilidad de la conducta criminal de
su hijo) a partir de dos recursos
cinematográficos básicos, ignorados hoy en día: la puesta en escena y la
expresividad de la cámara. Observamos una primera parte poco estructurada, las
imágenes van y vienen, incoherentes. El fuera de foco se impone en algunos
planos. También vemos las gotas de lluvia como lágrimas que saturan la lente. La
comida siempre hecha papilla y, como ya mencionamos, la presencia del color
rojo. Al mismo tiempo estas imágenes desfocadas se contraponen con planos
cuidados, con una fotografía bastante masticada que nos remiten a una
exploración poética del psicoanálisis.
Estos planos manejados al detalle los observamos en escenas que ponen al
descubierto la tensión irresuelta entre un niño callado, introvertido,
manipulador (a veces mal educado) que odia a su madre pero quiere a su padre
(un Edipo al revés) y una madre que tiene una incapacidad para trasmitirle amor
a un hijo no deseado.
Tenemos que hablar de Kevin termina convirtiéndose
en mucho más que la historia de un niño psicópata (que tanto abundan allá por
EEUU). Sino que se transforma en una reflexión sobe la culpa, la soledad, el
nihilismo y finalmente, si prestamos atención, sobre el perdón.
Los Huevitos de la Serpiente
La Cinta Blanca, a diferencia de Tenemos que
Hablar de Kevin, se preocupa por rastrear el origen del mal pero no a nivel
individual sino a nivel social.
El argumento de la película aborda una seguidilla
de actos violentos e inquietantes que suceden en un pequeño pueblo del norte
alemán, a principios del siglo pasado. La cinta deja entrever que los
responsables de estos hechos criminales son los niños del pueblo. Estos niños
son sometidos por valores rígidos y estáticos que los interpelan todo el
tiempo. Haneke encarna estos valores en
las figuras arquetípicas del pastor, el barón y el administrador del pueblo. En
realidad, todo el argumento se convierte
en una gran metáfora para criticar a la rigidez de la sociedad protestante
alemana, recortada en ese pequeño pueblo. Estos valores petrificados en el
tiempo, ejercen una violencia simbólica que se esparce capilarmente por la
subjetividad de cada uno de los personajes.
La crítica hacia la sociedad alemana de principios
del siglo pasado esbozada por el film es realizada en función de intentar comprender
el por qué esa misma sociedad más tarde iba a ser cómplice del ascenso del
nazismo al poder algunos años más tarde. Nos arriesgamos a suponer que esos
niños misteriosos que nos muestra la película luego serían los que engrosarían
las filas de las juventudes hitlerianas y las SS.
Desde la factura técnica la película es
sobresaliente. Tanto en la adecuada elección del blanco y negro hasta en la
forma en que Haneke juega con la representación de la maldad. Se vale de una
puesta en escena que muestra el modo de vida de un pueblo rural, en apariencia
idílico, pero que alberga una gran carga de violencia como telón de fondo.
Observamos paisajes diáfanos, totalmente claros, las cintas blancas que usan
los niños (que dan nombre a la película)
refuerzan esta idea de un lugar supuestamente pacífico donde el terror no tiene
lugar. En realidad, el director nos está diciendo que esa aparente pureza
esconde la barbarie. En este sentido, la violencia nunca se nos aparece en
pantalla. Haneke elige con sabiduría el fuera de campo para no mostrarla, como
podemos comprobar en la escena donde el hijo del pastor es castigado y al espectador
se le cierra la puerta en la cara. Esa doble moral de mostrar, por un lado, la
pureza pero esconder, por otro lado, la violencia terminará degenerando en una
bipolaridad a nivel social. Es decir, esa pretensión por mantenerse “puros”,
llevaría a la sociedad alemana a la aceptación de teorías raciales xenofóbicas,
de las cuales Hitler se valió para darle un sustento social al genocidio.
Haneke,
a lo largo de su filmografía, ha mantenido
una actitud reflexiva sobre la violencia. Esta reflexividad se refleja
en el
uso que hace de la cámara: el gusto por los planos secuencia o planos
largos,
el uso de silencios pronunciados, el poco o nulo uso de música
extradigética. A su vez, maneja una estética ascética en la
construcción de los planos, influenciada
por otros grandes directores europeos como son Bresson y Dreyer.
El director, a diferencia de Ramsay, no nos brinda
respuestas ambiguas acerca del origen de la maldad. Haneke es mucho más claro,
nos dice: ¿Ustedes todavía no entienden de dónde surgió el nazismo? Deberían
rastrearlo dentro de las mismas
estructuras sociales alemanas. Allí está el Huevo de la Serpiente. En el caso
de Haneke su “Huevo de la Serpiente” nos parece mucho más interesante que el “Huevo
de la Serpiente” de Bergman tan acartonado y mal envejecido.
Nota al margen: a riesgo de hacer un comentario
cipayo, La Cinta Blanca mereció haber ganado el Oscar a la mejor película
extranjera que, finalmente, se le entregó a “El Secreto de Sus Ojos”: el sobrevalorado
y edulcorado thriller-policial-romántico made in Campanella.
Cría Cuervos y te Sacarán los Ojos
El último film de ésta tríada sobre “nenes malos”
es “¿Quien puede matar un niño?” del genial Ibañez Serrador. El film en
cuestión es una cinta de terror gore española
de mediados de los 70 (para los que pensaban que los españoles habían
descubierto ese género con filmes como “El Orfanto” o “REC”, tan exitosas como
repudiables).
La película, a diferencia de las dos anteriores,
no se preocupa por justificar psicológica o sociológicamente desde donde brota
la maldad de esos niños asesinos y sádicos. Su reflexión es más cruda: esa
violencia que se nos aparece tan gratuita en la pantalla, nos impulsa a
preguntarnos sobre el mundo que, como adultos, le estamos dejando a los niños.
El director nos advierte que esta sociedad terminará engendrando niños asesinos
que se querrán vengar de los adultos. Es más, Ibañez Serrador, justifica la venganza
de los niños en los créditos de inicio, donde nos muestra, casi a modo
documental, unas imágenes cruentas de niños sometidos a todo tipo de
vejaciones.
El argumento de la película no es nuevo (citemos
por ejemplo: “El Pueblo de los Malditos”).
Una pareja de turistas visitan una isla en el Mediterráneo español. Al
llegar, descubren extrañados la nula presencia
de adultos en el pueblo que es habitado, exclusivamente, por niños. Ese no será
el único descubrimiento ya que, luego, comprenderán que la ausencia de adultos
se debe a que los niños se encargan de matarlos y someterlos a todo tipo de
actitudes sádicas.
Como en las dos películas anteriores, el director
juega con los contrastes, a través de la puesta en escena: el pueblo
mediterráneo con sus casas blancas, impolutas; el sol radiante; el mar
cristalino, un lugar paradisiaco que esconde el terror. La inocencia infantil y
el instinto asesino.
A nivel de estilo: el ritmo narrativo, la creación
de climas, el uso de la cámara nos remiten a Hitchcock (recordemos que el
Chichi Serrador era un admirador del director inglés). Las escenas de la
“piñata” y el final siguen esa línea
hitchcockena y son para atesorar en el recuerdo.
Luego de ver la película, el mismo título “¿Quién
Puede Matar a un Niño?” nos indica que Ibañez Serrador no sólo nos interpela
con esa pregunta moral en una situación extrema (en el caso del protagonista)
sino que es necesario preguntarse hasta que punto una pregunta que parece
aberrante, en realidad, encuentra una respuesta afirmativa por acción, omisión
y complicidad de todos nosotros, en tanto miembros de una sociedad capitalista-genocida,
donde los niños son una de las principales víctimas.








