martes, 10 de julio de 2012

Juventud, Divino Tesoro
 
 
A fines del siglo XIX el mainstream sobre el fenómeno hoy denominado “inseguridad” lo encabezaba el médico Cesare Lombroso y sus teorías de corte positivista, emparentadas con la corriente de criminología biologicista. El italiano en cuestión sostenía que, la conducta criminal, responde a características físicas y biológicas. En este sentido, se podría detectar con facilidad a un delincuente  ya que su propia fisonomía lo delataba. Por ejemplo, se había acordado que un caco en el año 1880 tenía un tipo de cráneo con características particulares: tamaño, forma, capacidad, etc. Más de cien años después, estas  teorías parecen no haberse jubilado aunque ya estén en edad para ir de vacaciones a Mar del Plata en temporada baja. Todo lo contrario, siguen estando vigentes debido a que la asociación de determinados rasgos fenotípicos (piel oscura, por citar un ejemplo) con conductas delictivas sigue siendo moneda corriente, no sólo dentro del acervo de sentido común, sino que, continúan haciendo mella en algunos círculos académicos y hasta jurídicos.
Esta introducción nos sirve para pensar en las películas que pretendemos analizar: “Tenemos que Hablar de Kevin”; “La Cinta Blanca” y “¿Quién Puede Matar a un Niño?”. Las tres comparten un nexo común: niños que por alguna razón son malos. Así como, aún hoy, algunos sectores de la sociedad siguen asumiendo que la conducta delictiva viene inscripta en nuestro código genético y que, en definitiva, el chorro es chorro por naturaleza, podríamos preguntarnos lo mismo sobre la maldad: ¿Hay gente mala por naturaleza? ¿La maldad depende de un código genético, de las propias experiencias subjetivas de cada individuo o responde a causas sociales más profundas?
Por supuesto, nuestro objetivo en el párrafo anterior no fue asociar delincuencia y maldad. Desde luego que la delincuencia no responde a cuestiones genéticas, sino que, hay que pensarla con respecto a procesos sociales, culturales y económicos muy complejos, a nivel estructural. Un delincuente por el mismo hecho de ser delincuente no se transforma en alguien malo (aunque esa sea el imaginario que nos imponen desde chicos). Sin embargo, con la maldad el razonamiento es mucho más enigmático: desde que el mundo es mundo ha existido gente mala con orígenes sociales, culturales y económicos absolutamente heterogéneos, criados en ambientes familiares diversos y con trayectorias personales también muy diferentes. Es decir, malos pueden salir de cualquier lado, pero: ¿existe alguna regularidad en la maldad, alguna característica que sea compartida? Las tres películas analizadas intentan desmenuzar estos interrogantes y ofrecen miradas y respuestas diferentes entre sí.
 
 
Consejos para Madres Primerizas
 
 
Tenemos que hablar de Kevin debería ser incluida en la lista de anticonceptivos avalados por la OMS. Intentaremos justificar esta afirmación.
A nivel superficial, el argumento de la película no es complejo: una mujer, cuarentona, soltera, realizada en su vida personal y profesional tiene un amor de verano que desemboca en un embarazo “no del todo” deseado. A partir del nacimiento de Kevin, la vida de la protagonista (una Tilda Swinton para el Oscar) comienza a caer en picada. Por medio de flashbacks (que en un principio se aparecen inconexos y anárquicos) la película nos reconstruye el pasado de la protagonista  y nos revela los acontecimientos trágicos que  llevaron a su estado decadente en el presente.
Si profundizamos el análisis entendemos que la cinta se preocupa por explorar la maldad en Kevin.  Lo hace a nivel individual (dejando de lado condicionantes sociales), indagando en el núcleo familiar. Sobre todo, en el vínculo que se establece entre la madre y el niño, intentando reconstruir las experiencias más íntimas de esta relación y las consecuencias que éstas tuvieron sobre la psiquis de Kevin. De manera tangencial la película abre varios interrogantes: ¿Kevin es un psicópata por naturaleza? ¿Sus experiencias de vida fueron las que derivaron en su personalidad psicótica? ¿Cuál es la responsabilidad de una madre en la crianza de un hijo psicópata?
 
 
Las respuestas que brinda la película son abiertas. En realidad, más que respuestas, son reflexiones que la directora, Lynne Ramsay, nos ofrece a partir de un cuidado empleo del lenguaje cinematográfico. Aclaremos la afirmación: el film comienza con unas cortinas blancas flameando al viento. De golpe la cámara se inunda del rojo de la tomatina, preanunciando una historia trágica. A su vez, la contraposición de colores funciona revelando esa tensión, entre la aparente apacibilidad de la vida de una típica familia de clase acomodada norteamericana y el germen de maldad que se está engendrando dentro de ella. El rojo continuará como mensaje de alerta a lo largo de toda la película: la pintura en la casa, la pelota, el kétchup. La directora, a medida que avanza la cinta, nos hace adentrarnos en la mente traumada de Eva (quien asume la culpabilidad de la conducta criminal de su hijo)  a partir de dos recursos cinematográficos básicos, ignorados hoy en día: la puesta en escena y la expresividad de la cámara. Observamos una primera parte poco estructurada, las imágenes van y vienen, incoherentes. El fuera de foco se impone en algunos planos. También vemos las gotas de lluvia como lágrimas que saturan la lente. La comida siempre hecha papilla y, como ya mencionamos, la presencia del color rojo. Al mismo tiempo estas imágenes desfocadas se contraponen con planos cuidados, con una fotografía bastante masticada que nos remiten a una exploración poética del psicoanálisis.  Estos planos manejados al detalle los observamos en escenas que ponen al descubierto la tensión irresuelta entre un niño callado, introvertido, manipulador (a veces mal educado) que odia a su madre pero quiere a su padre (un Edipo al revés) y una madre que tiene una incapacidad para trasmitirle amor a un hijo no deseado.
 
 
 
Tenemos que hablar de Kevin termina convirtiéndose en mucho más que la historia de un niño psicópata (que tanto abundan allá por EEUU). Sino que se transforma en una reflexión sobe la culpa, la soledad, el nihilismo y finalmente, si prestamos atención, sobre el perdón.
 
 
 
Los Huevitos de la Serpiente
 
 
La Cinta Blanca, a diferencia de Tenemos que Hablar de Kevin, se preocupa por rastrear el origen del mal pero no a nivel individual sino a nivel social.
El argumento de la película aborda una seguidilla de actos violentos e inquietantes que suceden en un pequeño pueblo del norte alemán, a principios del siglo pasado. La cinta deja entrever que los responsables de estos hechos criminales son los niños del pueblo. Estos niños son sometidos por valores rígidos y estáticos que los interpelan todo el tiempo. Haneke encarna estos valores  en las figuras arquetípicas del pastor, el barón y el administrador del pueblo. En realidad, todo  el argumento se convierte en una gran metáfora para criticar a la rigidez de la sociedad protestante alemana, recortada en ese pequeño pueblo. Estos valores petrificados en el tiempo, ejercen una violencia simbólica que se esparce capilarmente por la subjetividad de cada uno de los personajes.
 
 
 
La crítica hacia la sociedad alemana de principios del siglo pasado esbozada por el film es realizada en función de intentar comprender el por qué esa misma sociedad más tarde iba a ser cómplice del ascenso del nazismo al poder algunos años más tarde. Nos arriesgamos a suponer que esos niños misteriosos que nos muestra la película luego serían los que engrosarían las filas de las juventudes hitlerianas y las SS.
Desde la factura técnica la película es sobresaliente. Tanto en la adecuada elección del blanco y negro hasta en la forma en que Haneke juega con la representación de la maldad. Se vale de una puesta en escena que muestra el modo de vida de un pueblo rural, en apariencia idílico, pero que alberga una gran carga de violencia como telón de fondo. Observamos paisajes diáfanos, totalmente claros, las cintas blancas que usan los niños  (que dan nombre a la película) refuerzan esta idea de un lugar supuestamente pacífico donde el terror no tiene lugar. En realidad, el director nos está diciendo que esa aparente pureza esconde la barbarie. En este sentido, la violencia nunca se nos aparece en pantalla. Haneke elige con sabiduría el fuera de campo para no mostrarla, como podemos comprobar en la escena donde el hijo del pastor es castigado y al espectador se le cierra la puerta en la cara. Esa doble moral de mostrar, por un lado, la pureza pero esconder, por otro lado, la violencia terminará degenerando en una bipolaridad a nivel social. Es decir, esa pretensión por mantenerse “puros”, llevaría a la sociedad alemana a la aceptación de teorías raciales xenofóbicas, de las cuales Hitler se valió para darle un sustento social al genocidio.
 
 
 
Haneke, a lo largo de su filmografía, ha mantenido una actitud reflexiva sobre la violencia. Esta reflexividad se refleja en el uso que hace de la cámara: el gusto por los planos secuencia o planos largos, el uso de silencios pronunciados, el poco o nulo uso de música extradigética.  A su vez, maneja una estética ascética  en la construcción de los planos, influenciada por otros grandes directores europeos como son Bresson  y Dreyer.
El director, a diferencia de Ramsay, no nos brinda respuestas ambiguas acerca del origen de la maldad. Haneke es mucho más claro, nos dice: ¿Ustedes todavía no entienden de dónde surgió el nazismo? Deberían rastrearlo  dentro de las mismas estructuras sociales alemanas. Allí está el Huevo de la Serpiente. En el caso de Haneke su “Huevo de la Serpiente” nos parece mucho más interesante que el “Huevo de la Serpiente” de Bergman tan acartonado y mal envejecido.
 
 
 
Nota al margen: a riesgo de hacer un comentario cipayo, La Cinta Blanca mereció haber ganado el Oscar a la mejor película extranjera que, finalmente, se le entregó a “El Secreto de Sus Ojos”: el sobrevalorado y edulcorado thriller-policial-romántico made in Campanella.
 
 
Cría Cuervos y te Sacarán los Ojos
 
 
El último film de ésta tríada sobre “nenes malos” es “¿Quien puede matar un niño?” del genial Ibañez Serrador. El film en cuestión es una cinta de terror gore española  de mediados de los 70 (para los que pensaban que los españoles habían descubierto ese género con filmes como “El Orfanto” o “REC”, tan exitosas como repudiables).
La película, a diferencia de las dos anteriores, no se preocupa por justificar psicológica o sociológicamente desde donde brota la maldad de esos niños asesinos y sádicos. Su reflexión es más cruda: esa violencia que se nos aparece tan gratuita en la pantalla, nos impulsa a preguntarnos sobre el mundo que, como adultos, le estamos dejando a los niños. El director nos advierte que esta sociedad terminará engendrando niños asesinos que se querrán vengar de los adultos. Es más, Ibañez Serrador, justifica la venganza de los niños en los créditos de inicio, donde nos muestra, casi a modo documental, unas imágenes cruentas de niños sometidos a todo tipo de vejaciones.
 
 
 
El argumento de la película no es nuevo (citemos por ejemplo: “El Pueblo de los Malditos”).  Una pareja de turistas visitan una isla en el Mediterráneo español. Al llegar, descubren extrañados la  nula presencia de adultos en el pueblo que es habitado, exclusivamente, por niños. Ese no será el único descubrimiento ya que, luego, comprenderán que la ausencia de adultos se debe a que los niños se encargan de matarlos y someterlos a todo tipo de actitudes sádicas.
Como en las dos películas anteriores, el director juega con los contrastes, a través de la puesta en escena: el pueblo mediterráneo con sus casas blancas, impolutas; el sol radiante; el mar cristalino, un lugar paradisiaco que esconde el terror. La inocencia infantil y el instinto asesino.
A nivel de estilo: el ritmo narrativo, la creación de climas, el uso de la cámara nos remiten a Hitchcock (recordemos que el Chichi Serrador era un admirador del director inglés). Las escenas de la “piñata” y el final  siguen esa línea hitchcockena y son para atesorar en el recuerdo.
 
 
 
Luego de ver la película, el mismo título “¿Quién Puede Matar a un Niño?” nos indica que Ibañez Serrador no sólo nos interpela con esa pregunta moral en una situación extrema (en el caso del protagonista) sino que es necesario preguntarse hasta que punto una pregunta que parece aberrante, en realidad, encuentra una respuesta afirmativa por acción, omisión y complicidad de todos nosotros, en tanto miembros de una sociedad capitalista-genocida, donde los niños son una de las principales víctimas.