viernes, 30 de noviembre de 2012

Como leer el Rey León

Disney es malo, muy malo
 
De repente un amanecer. El mejor amanecer del cine de animación y de los mejores del cine en general. Todos los animales se reúnen frente al trono (una particular formación rocosa de la sabana africana) para darle la bienvenida al heredero del reino. Así comienza el Rey León. Una de las películas clásicas y más taquilleras de la factoría de Disney y, seguramente, el mayor panfleto conservador de finales del siglo XX.
Walt Disney fue un mal tipo. Mala gente pero un gran artista. Todos sabemos que era un activo colaborador en el Comité de Actividades Antinorteamericanas impulsadas por en el senador Mc Carty (la vieja y conocida caza de brujas). Es decir, fue un buchón de sus compañeros de trabajo. Un buchón en pos de proteger el “American Way of Life” basado en valores tradicionales como la familia, la propiedad y la religión. Cualquier cosa (el comunismo, por ejemplo) que amenazara ese estilo de vida merecía ser denunciado. Estos valores del “buen americano” van a ser trasmitidos una y otra vez a través de sus producciones cinematográficas. Películas que han sido vistas por millones de personas a lo largo del os años y que han calado muy hondo en el acervo cultural de las sociedades occidentales. 

No es ninguna novedad rastrear propaganda pro yanqui en los films de Disney. Recordemos los cortos del Pato Donald de la década del 40 enfrentándose contra Hitler o, por ejemplo, algunas escenas de Peter Pan, sobre todo a las intervenciones del Capitán Garfio donde podemos observar como, solapadamente, se relaciona a este “malo de Disney” con la hoz y el martillo. El libro clásico de la década del 70 “Como leer al pato Donald” de Dorfman y Martelatt (ahora bastante criticado por su marcada influencia del estructuralismo althusseriano) da cuenta de esta poderosa arma de penetración ideológica que tuvo y tiene Disney a través de sus dibujos animados. En ese momento estos autores proponían la necesidad de emanciparse del consumo de este tipo de producciones norteamericanas, cosa que hoy en día vemos que está lejos de suceder.


Monarquía absoluta vs comunismo
Volvamos al Rey León. La película admite muchísimas lecturas. Su riqueza va más allá de ser un mero entretenimiento infantil. En primer lugar, el argumento está basado en Hamlet, la recordada obra de Shakespeare. Hagamos memoria: el rey es asesinado y el príncipe se debate en una crisis existencial por vengar o no la muerte de su padre. En el Rey León la situación es similar. Mufasa, que es el rey, es asesinado por Scar (su hermano) quien logra convencer a Simba (el legítimo heredero al trono) que él fue el culpable de la muerte de Mufasa y lo envía al exilio.

Hasta ese punto la película asume una apuesta arriesgada: transformar un clásico de la literatura universal en una fábula para chicos. Parece quedarse ahí (que no es poco) pero hay más. Mucho más. La segunda lectura posible es la política-ideológica. Lectura tan jugosa que ameritaría un libro entero dedicado a ella.
Resumamos un poco. Como dijimos al principio del análisis, el film probablemente se trate del último gran panfleto conservador de siglo XX. Panfleto que tiene de todo: racismo, homofobia, misoginia, anti comunismo. Dispara sus cartuchos en diferentes direcciones: tanto hacia los ideales de igualdad de la revolución francesa como hacia el islamismo. Lo hace sin tapujos, recordemos que, en 1994, EEUU todavía seguía celebrando su victoria sobre el bloque soviético. La unipolaridad del mundo y la hegemonía neo liberal le daban la impunidad suficiente como para expresar sin ningún reparo la exaltación de estos valores sumamente reaccionarios.

Desde el principio, la película nos pinta de lleno el ideal de sociedad para Disney: una sociedad monárquica estamentaria, donde la casta gobernante se mantiene hereditariamente en el poder. Al gobierno pueden acceder los leones machos únicamente. Ni siquiera las hembras. Ellas están relegadas a un papel secundario. Se limitan a las labores domésticas y a su rol de cortesanas. Sólo el mono brujo tiene injerencia en el gobierno. Un símbolo claro de la no separación entre Estado e Iglesia (idea que sostienen los sectores más conservadores de la sociedad norteamericana, que se oponen a cualquier política que presuponga “lo laico” del Estado). Por último, está el pueblo que vive sólo para servir de alimento a la casta gobernante y para  arrodillarse ante ellos cuando sea necesario.


 
Hay una escena central para descubrir la bajada de línea del film: Mufasa está sentado con Simba y le explica el orden natural de las cosas, justificando porque ellos son los legítimos detentadores del poder en el reino.

-Mufasa: Mira Simba, toda la tierra que baña la luz es nuestro reino.
–Simba: ¡Vaya!
–Mufasa: El tiempo que dura el reinado de un rey asciende y desciende como el Sol. Algún día, Simba, el sol se pondrá en mi reinado y ascenderá, siendo tú el nuevo rey. Todo cuanto ves se mantiene unido en un delicado equilibrio. Como rey, debes entender ese equilibrio y respetar a todas sus criaturas, desde la pequeña hormiga hasta el veloz antílope.
–Simba: ¿Pero comemos antílopes?
–Mufasa: Si, Simba, verás, te explicaré: al morir, nuestros cuerpos alimentan la hierba y los antílopes comen hierba, y así todos estamos conectados en el gran círculo de la vida.

En el dialogo percibimos la centralidad que se le da a mantener el status quo y el equilibrio de la sociedad. Una sociedad sin conflictos, donde todo parece estar en armonía, donde todas las clases están reconciliadas. Aunque, en realidad, se trate de una sociedad que esconde la dominación de una clase sobre la otra y la imposición de la ley del más fuerte (el león). A su vez, la legitimidad de esta dominación asimétrica, es naturalizada y justificada por el “el ciclo de la vida”. Entonces, en ese contexto, no es raro pensar que los antílopes no se quejen si se los comen los leones. Al fin y al cabo, si eso sucede será por voluntad divina. Porque Dios lo quiere así. Ellos no tienen derecho a oponerse. Algo similar sucedía en el mundo real al momento del estreno. Un mundo en el que el que la URSS había desaparecido y EEUU tenía vía libre para imponer su hegemonía a lo largo y ancho del globo. Donde en Argentina pensábamos que éramos parte del primer mundo. Un primer mundo armónico, sin amenaza externa, con los dólares brotando desde cualquier lado y con la pobreza que era escondida bajo del a alfombra. 

Por otro lado, el dialogo también hace referencia al multiculturalismo, otro de los grandes paradigmas que fueron impulsados desde el país del norte en los años 90. El multiculturalismo, en apariencia, se presenta como un modelo progresista al proponerse respetar las diferencias culturales. Sin embargo, ese respeto por el otro se produce, en tanto y en cuanto, las diferentes culturas se mantengan separadas, sin mezclarse entre sí (como compartimientos estancos). Es decir, está todo bien con el respeto a la diversidad, siempre y cuando, esas diferencias se mantengan bajo la egida etnocentrista de Occidente. Cualquier “otro” que quiera imponer su cultura por sobre la cultura dominante ya no será considerado como un otro exótico y amigable sino que se convertirá en una amenaza que será necesario eliminar. 



Uno de los mejores y más inteligentes villanos de Disney es Scar. Este personaje es el que viene a quebrar el equilibrio del que tanto se jacta Mufasa. Él es el único que se opone a su régimen. Scar, como elemento disruptivo, tiene algunas características que lo distinguen de los demás leones: un aspecto desgarbado, débil. Es “morochito”, más oscuro que los otros miembros de la manada, dibujados en tonos mucho más claros. Por si fuera poco, muestra ciertos rasgos delicados, refinados (recordemos que Jeremy Irons le puso la voz en la versión original, dándole ese toque de sofisticación británica), tiene “gestos afeminados” (hasta llega a hablar en francés). En definitiva este personaje condensa todas las cosas que espantan a los sectores puritanos norteamericanos: la homosexualidad, la “negritud”, el librepensamiento. 

Volvamos a recordar otra escena central: la muerte de Mufasa. Scar es el autor intelectual y material del asesinato. Se encarga de planear la estampida que termina provocando la muerte de Mufasa. Si prestamos atención, cuándo se va formando la estampida, escuchamos unos coros que se asemejan a las marchas militares stalinistas. Luego, a medida que se aproxima la muerte del rey, esta música (apenas insinuada)  se convierte en una sinfonía gregoriana. En medio del clímax de la escena, cuando cientos de animales corren desesperados por medio el cañón, el cielo se enrarece, se tiñe rojo. Es la marea comunista que se aproxima.
Muerto Mufasa (el monarca absoluto pisoteado por su propio pueblo) y con Simba huyendo al exilio, Scar toma el poder. El reino antes inundado de color, se vuelve negro, oscuro, chato, como un suburbio de Europa Oriental de la posguerra. 



Más adelante, en otra escena, aparece Scar, en un significativo contrapicado, observando a las huestes que responden a él, marchando como hacían las SS hitelerianas, mientras que, detrás suyo, en la oscuridad de la noche resplandece una media luna, en clara alusión al signo islámico (el nuevo gran enemigo que los EEUU ya estaban reconociendo). 

El reinado de Scar implica la inclusión de los desclasados (las hienas) que no son otra cosa que el proletariado que viene a despojar de sus bienes y su situación de privilegio a la aristocracia. Vienen a imponer, en definitiva, la dictadura del proletariado. Sin embargo, para Disney este tipo de organización más igualitaria de la sociedad es impracticable. Observamos como, al poco tiempo, el reino se ve envuelto en una hambruna generalizada. Scar transforma a ese reino feliz en la Rusia post revolucionaria hambreada por Stalin. 

Las hienas también merecen un párrafo aparte. En la versión original, estos animales hablan y usan los modismos de las poblaciones afroamericanas. Además, son caracterizadas como seres bastante torpes, estúpidos, incapaces de tener iniciativa propia, necesitados de la guía de un líder carismático como Scar. Es más, en la versión doblada al castellano, tienen acento mejicano. Disney ni siquiera trata de esconder cuál es su opinión sobre los camisas mojadas de Norteamérica. 

Al final de la película Simba vuelve al reino. Se decide luego de tener un encuentro místico con su padre. Después de pasar años viviendo la vida sin preocupación (Hakuna Matata) entiende que su destino divino es recuperar el trono. Entonces vuelve y de la mano de sus súbditos (Timón y Pumba), de su antigua corte y de la Iglesia da un golpe de Estado. Golpe de Estado sanguinario ya que tiene matar a Scar arrojándolo al fuego. El fuego funciona como la hoguera, como el agente purificador de aquellos que se han opuesto a la voluntad divina.

Conclusiones
Como dijimos antes, las profecías deudoras de los convulsionados y movilizados años setenta, donde se preanunciaba la muerte de Disney y la emancipación ideológica, lejos estuvieron de cumplirse. Disney sigue vivito y coleando. Por supuesto que la razón principal es el poder económico que tienen estas grandes compañías de Hollywood que mueven tantos miles de millones de dólares. Sin embargo, hay otro detalle interesante para entender lo efectivo de esta penetración ideológica. Productos como el Rey León tan cuestionables en su meta mensaje son notables desde el punto de vista artístico. El apartado técnico de la película es extraordinario. El uso de la paleta de colores, los movimientos de cámara y sus angulaciones. Como la cámara esta puesta al servicio de la dinámica y la narración de la historia. Sobre todo destacan los planos en picado y en contrapicado usados continuamente y hasta un plano cenital que nos parece un hallazgo (en el momento de la presentación de Simba). El acompañamiento de la música también se destaca (Hans Zimmer fue oscarizado por su trabajo) y ayuda a realzar a la magnífica puesta en escena. Es, en definitiva, la combinación perfecta de un productos comercial pero con un valores artístico muy alto. Películas como esta son las que ayudan a que Hollywood, en general, y Disney en particular, impusieran e impongan su hegemonía en todo el mundo. 



En todo caso no es cuestión de no intentar cambiar los condicionantes estructurales que reproducen la desigualad y posiciones asimétricas a lo largo y ancho de todo el globo pero, mientras tanto, hay que preocuparse también por dar la batalla cultural, la batalla artística, No hay que perder de vista la importancia que, en el cine, las batallas culturales no se ganan sólo con la dimensión ética sino también con la estética.